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Diálogos con Ramón Gaya.

  • Foto del escritor: José Hurtado Mena
    José Hurtado Mena
  • 24 dic 2013
  • 2 Min. de lectura

José Hurtado sale al encuentro de Ramón Gaya para dialogar con retazos del pasado, con recuerdos de ambos y con nostalgias compartidas sobre paisajes urbanos cuando éstos encajaban íntimamente, o parecían hacerlo por la mano del artista, con la naturaleza ociosa y la despreocupada huerta que tantas añoranzas ha provocado y provoca por estas tierras. La coincidencia del espacio elegido subraya la intención de quien va a la búsqueda de otro observando detenidamente la mirada de aquél perpetuada en el lienzo, una mirada de un pintor con los ojos todavía velados por la huella de un camino difícil y hasta trágico, abrumados por la ignominia de un exilio forzado por el ataque a las ideas; y, de nuevo, en Murcia. Los trazos con los que Gaya abordó su reencuentro con la sencillez de lo rural son tímidos y delicados, en realidad una persistencia en la obra del artista, que aquí llaman la atención por su enfoque geográfico hacia lo humano en unas construcciones humildes revocadas por colores ingenuos y la inocencia de la modestia.

Por encima de las pobres azoteas de tierra compactada con cal sobresalen enseñas de la huerta murciana, copas de limoneros, centenarias palmeras y un asolado cielo azul que dibuja admonitorio los posteriores trofeos de la usurpación civil del lugar. Es interesante que el autor fije su atención en lo convencionalmente insignificante para dejar lo grandioso a la intuición, la parte antepuesta al todo, que en cierto modo recuerda a la insistencia de esa copa con la que llama la atención en muchos de sus cuadros.

Y esta metonimia es lo primero que aprecio en el cuadro con el que Hurtado acude al diálogo con Gaya, atreviéndose con una sobrecogedora pared de azulete con objeto de colocarse en la misma posición de su interlocutor. Y para afianzarla, ese sediento jazminero cuyas estiradas ramas claman por ir hacia la frondosidad majestuosa de un fondo que de inmediato se observa entre los extremos de las ramas como ángeles caídos; un consentido estigma del no retorno. El pintor recurre aquí a unos fundidos en blanco para no interrumpir bruscamente el relato y dar opción a una transición pausada y suave antes de adentrarse a ese paisaje huertano que también revela Gaya sobre los terrados, luces de fantasía con las que diluye esa misma entrada que ahora muestra abiertamente otra realidad huertana, decadentes palacetes entre los que se alzan soberbias palmeras y desafiantes cipreses. Viejo zorro en el oficio de narrar con perspectivas y escorzos, José Hurtado Mena se guarda una carta para desviar la atención del observador antes de abocarlo hasta el idílico fondo; y ahí está ese retazo de pared recorrido por el viejo sarmiento, supuestamente insignificantes, pero que amenazan con cerrarse sobre la pared de azulete. Como en Gaya, lo aparentemente intrascendente pone a prueba al que mira despreocupado sin reparar por donde le conduce el artista. José Alberto Bernardeau

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